Leyendo hoy el post del amigo Ángel (Java) López (http://ajlopez.zoomblog.com/archivo/2010/05/16/democratas-segun-Mencken.html); me volvieron las ganas de escribir sobre uno de los primeros provocadores de la literatura económica. Se trata de Bernard de Mandeville (http://es.wikipedia.org/wiki/Bernard_Mandeville), médico holandés que vivió en Inglaterra y que tuvo el mismo efecto sobre la economía que el que antes había tenido Machiavello sobre la política o el que tuvo el marqués de Sade sobre la literatura. Criticado por todos por sus aspectos morales pero, influenciándolos casi inconcientemente por sus razonamientos y afirmaciones.


Su libro “La fábula de las abejas o vicios privados beneficios públicos” (Fondo de la Cultura Económica) es, según Henry C. Robinson: “El libro más malvado e inteligente de la lengua inglesa” (Henry Crab Robinson, Diary).

Este poema que hoy sólo molestaría a algunos hegelianos -de izquierda o derecha- influyó en la agenda filosófica inglesa de los siguientes 200 años. Se comenta que el Dr. Samuel Johnson lo describió como un libro que todo joven tenía en su bliblioteca en la creencia errónea de que era un libro perverso.

Soy de la idea casi religiosa de que todo tiene una razón de ser en el universo. Por ejemplo, estoy convencido de que la existencia de los índices y las censuras de casi toda la edad moderna fueron un excelente recurso publicitario para libros que, sin ella, hubieran pasado absolutamente desapercibidos pues iban en contra del saber general de la época. En definitiva siempre me han servido como una guía de lo que yo debía leer.

Probablemente Mandeville fue de los primero en entender el concepto contraintuitivo del interés general construido a partir del interés individual. O por lo menos, satirizar el concepto de “una sociedad de honestos” como la fuente de la felicidad.

Llevó al absurdo la idea (que sin embargo hoy tiene más vigencia que nunca) que si las acciones son conducidas por los interesas individuales son malas y que si tienen su origen en la generosidad, son buenas.

No le llevó demasiado esfuezo probar, a partir de este axioma, que si las acciones egoístas son vicios, la sociedad necesita de ellos para prosperar y que, una comunidad generosa y desinteresada se hundiría en la recesión y la pobreza más o menos como lo hace Bhután.

En su principal argumento sostenía que el orden social era un complejo resultado de una suma algebrarica de acciones individuales y que muchos fenomenos de grado mayor a uno, ni siquiera eran considerados por sus impulsores.

Los individuos al perseguir sus propios fines, fuesen egoístas o altruístas, producían para otros resultados inesperados: una pelea comercial le daba de comer a los abogados quienes a su vez podían pagar la educación y la salud de sus hijos quienes a su vez resultaban, quizá, píos sacerdotes o médicos dedicados.

Obviamente, estos pensamientos suenan mucho a Darwin quien iba a escribir su “Origen de la Especies” cien años más tarde. Por eso es tan admirable este pensamiento evolucionista larvado que sostiene que los deseos se formulan a partir de consideraciones puramente egoístas que son a su vez, direccionadas por las instituciones y las tradiciones de una sociedad, cuyo rol restrictivo la dotan de un “formato” racional.

En la visión de Mandeville, las leyes y las instituciones de una sociedad la describen cabalmente porque ellas han sido construídas en un proceso de “ensayo y error” durante toda su existencia y sigue haciéndolo.

“A menudo asignamos a la excelencia del genio de un hombre y a la profundidad de su agudeza lo que en realidad se debe al tiempo y a la existencia de muchas generaciones, diferenciándose todas ellas muy poco entre sí en dotes naturales y en sagacidad.”

Es interesante hacer notar también que, así como Adam Smith era moralista de profesión, Bernard de Mandeville era psiquiatra y su primer libro escrito en 1711 versaba sobre “las pasiones hipocondríacas e histéricas”. Es decir, era un sujeto que había tenido tiempo y oportunidad de ver a muchos seres humanos en condiciones de desequilibrio psíquico.

Volviendo al viejo H. L. Mencken citado por el bueno de Ángel Lopez:

“En el mejor de los casos, el hombre es siempre una especie de animal unipulmonado, que nunca es absolutamente completo y perfecto en el sentido en que, digamos, una cucaracha es perfecta. Cuando ostenta una cualidad valiosa, casi siempre carece de otra. Dadle una cabeza y le faltará corazón. Dadle un corazón de cuatro kilos de capacidad y cabeza contendrá escasamente medio. El noventa por ciento de las veces el artista es un timador y un individuo proclive a seducir a las así llamadas vírgenes. El patriota es un fanático intolerante y, la mayoría de las veces, un jactancioso y un cobarde. A menudo el hombre dotado de coraje físico está, desde el punto de vista intelectual, a la altura de un clérigo bautista. El gigante intelectual padece de los riñones y es incapaz de enhebrar una aguja. En todos mi años de busqueda por este mundo, desde la puerta de oro al oeste hasta el Vístula al este, y desde las Orkney Islands al norte hasta las costas del Caribe al sur, jamás he encontrado un hombre cabalmente moral que fuera honorable”.