Paqco Belaunde nació un día perfectamente normal y murió, de manera irremediable, otro día absolutamente vulgar. Esto no tiene nada de interesante como que éstas dos anécdotas son superadas, sin excepción, por todos los vivos y los muertos respectivamente.

Lo notable para nuestra historia fue el intermezzo de vida de Paqco.[1]

No encuentro palabras actuales para definir a Paqco. Espero me perdonen por abusar de ustedes e insertar (Esta sí es una palabra del siglo XXI) un par de períodos un poco decimonónicos.

Paqco era por definición (Y la definición era suya); un perfecto y arquetípico libertino estilo ‘siglo veinte’. Es decir, con la cáustica y constructiva ironía del siglo dieciocho, la romántica ensoñación del diecinueve, el placer por el escándalo de la ‘Belle epoque’ y un desesperado amor por las mujeres actuales (Su target abarcaba de los dieciocho a los cuarenta año, pero estas últimas ‘había que cocerlas con un hervor‘).

Físicamente Paqco era como cualquier argentino; es decir, europeo. Su testa (porque Paqco tenía testa y no cabeza) era de un rubio adecuadamente revuelto, oscurecido por los aires del rio de la plata. Sus ojos claros irradiaban una picardía infantil que se enjuagaba en un brillo salobre casi pervertido. Su nariz, según él, perfectamente romana y su sonrisa entre segura, amenazante y tierna no eran de esas que uno encuentra una sola vez en la vida. Es más, la mayoría de los argentinos posee al menos una de ellas (la nariz, por lo menos es usada por casi todos menos, lógicamente, por la muerte: “esa vil desnarigada”).

Lo importante en Paqco era el conjunto. Y sobre todo la fuerza vital que ponía en movimiento semejante maquinaria. Eso era único. Y de un efecto arrollador.

Una pintura, aún una de Delacroix, no haría sino reflejar su lado vulgar y vano, e incluso mi intento peca por excesivamente somero. Y es que en el hombre lo importante es el movimiento, eso es lo que lo transforma en individuo. Lo demás es caricatura o idealización, que viene a ser lo mismo. Y la palabra con todos sus “metalenguajes” y complejidades modernas no hacen sino homogeneizar y reducir. El arte, en cuanto a su función descriptiva, es infinitamente inferior a la naturaleza. Sólo se eleva por sobre ella, o al menos la alcanza, cuando es invención. Cuando es comunión con la naturaleza.

Esta digresión que parece tan ridículamente hegeliana (esto en realidad es un pleonasmo) tiene su razón de ser. En realidad, estoy tratando de evitar, y ya estoy desesperando de lograrlo, que el típico lector de novelas estilo Sidney Sheldon se imagine que estoy describiendo a un play boy.

Nada mas lejos de Paqco que un play boy.

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Existen dos procesos que dominan los comportamientos humanos; la innovación y la imitación. Gracias a ellos el mundo evoluciona en un desequilibrio estable.

La innovación es la libertad, la fuerza progresista y crítica que vive en la perpetua insatisfacción. Es orgullo, es pensamiento e infelicidad.

Es diferencia.

Por la imitación la sociedad adopta innovaciones que han sido probadas como eficaces y destruye las estériles. Es la fuerza que regula la velocidad del progreso y lo hace digerible a los estómagos tranquilos y mas perezosos. Es lo que mantiene con vida (a Dios gracias) a los prejuicios. Es tranquilidad, es conformismo, es un poco de cinismo, es paz.

Es el famoso “zoon politicó”n.

Quién lleva a su perfección mediante el manipuleo de pautas aceptadas, arquetipos ya probados como inofensivos para la sociedad. Quién se mueve en el marco de lo conocido obtiene aceptación, amor, admiración. Eso es lo que hace un político, una modelo, un actor o cualquier representante mas o menos conspicuo del Show Business internacional y/o nacional. Son imitadores, grandes comediantes que llevan a la cúspide de la elaboración papeles improvisados por otros y que por azar (y solamente por azar) fueron encontrados como no nocivos para la sociedad.

El play boy es un ser convencional, como que es perfectamente imaginable su rol en cualquier comunidad. Como que su existencia no sólo es tan eterna como la de la prostituta, sino también igualmente neutra para la evolución de lo humano.

No, Paqco no era un play boy, pues él se movía, como todos los experimentadores en la marginalidad del medio. Desconfiaba de la poltrona del aplauso y de la admiración. Y cuando, por alguna casualidad, sus palabras causaban demasiada estridencia, se lo podía oir murmurar: “Me quieren, debo estar poniéndome tonto” o citando a Blake, “‘la alegría llora y el llanto ríe’, algo malo me va a pasar mañana”.

Paqco era fatalista.

Me excedí un poco en los períodos arcaicos y en lo inactual del retrato. Si les choca mi forma de describir exageradamente intempestiva les pido que piensen (Y estoy buscando alguna indulgencia) que mi personaje me ha impuesto el estilo. Tengan un poco de paciencia, espero poder actualizarme a medida que pasen los capítulos. Si logro abandonar esta actitud ensayística y llegar, como corresponde a los usos y costumbres de nuestra literatura, a un relato ordenado, ameno y divertido, habré alcanzado toda mi ambición.

Y no crean que es poca.-

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[1] Sí,es una excentricidad, lo reconozco. Pero Paqco escribía su nombre con qc, y como esta es una biografia un poco rara, sería un error soslayar un detalle que arroja tanta luz sobre su personalidad; aunque su olvido pueda beneficiarnos con el ahorro de algunas letras y con un menor costo de redacción.-