Tocamos el timbre suavemente, como una sutileza. Y el ruido que se generó nos hizo comprender el temperamento histérico de ciertas mujeres que viven solas.

Abrió Carola. Nos hizo pasar, nos sirvió un café y se disculpó porque su hermana no estaba lista.

“No tiene arreglo -dijo- podés decirle que vas a pasar a buscarla a las tres de la mañana para no tener que esperarla pero la vas a tener que esperar igual. Pareciera que lo hace a propósito.”

“Sí, qué interesante” -la voz de Julián preludiaba algo raro ya que el comentario de Carola no merecía tanta atención. Quizás por eso ella se sorprendió.

“Pareciera que lo hace a propósito, -dijo Carola como buscando agregar algo- como si hubiera esperado que ustedes llegaran para empezar a arreglarse”.

“Como si buscara que la imaginásemos vistiéndose” -Completó Julián- “Muy amable de su parte”.

“Cómo es eso?”

“Claro, -dijo Julián con calma- hay ciertos temperamentos femeninos que sólo viven para provocar reacciones en los hombres. Estas mujeres son incapaces de imaginar entre ambos otra relación que no implique una tensión de sexualidad, sea ésta de atracción o de rechazo. En este caso, Luisa provocó en mí una agradable sensación de atracción. ¿No sé en vos, Carlos?”

“No había pensado en eso realmente, pero ahora que lo decís, creo que mis ojos experimentaron una grosera y poco educada inclinación hacia el cuarto de las chicas.”

Todo esto dicho por mí de la manera más aparatosa y afectada de que soy capaz, para dar pie a Julián a continuar con su exposición.

Y ya el efecto se había logrado. Carola estaba inevitablemente interesada en el tema. Y del tema a Julián sólo había un paso.

“¿Quieren decir que Luisa tarda por ustedes? -agregó nuestra carnada- ¿Para seducirlos?”

“No lo dijimos nosotros, -aclaró Julián- lo dijiste vos: ‘parece que lo hace a próposito’. Lo que yo sostengo es que si ella lo hiciera a propósito, podría decirse que pertenece al tipo de mujer que yo llamo Ménade.”

La mirada de Carola se dirigió hacia mí como pidiendo algún tipo de aclaración. Y no era para menos, la palabra Ménade suena a insulto exótico, por eso me vi obligado a adoptar una actitud erudita y explicar:

-“Ménades, Carolita, no es ninguna mala palabra en algún idioma antiguo, ni tampoco significa nada malo para tu hermana. Las Ménades fueron simplemente las nodrizas de Dionisios, dios de la naturaleza, la uva, el vino y la embriaguez para los griegos. Y estas señoritas, todas de buena familia, rendían honor a su dios a través de fiestas que se llamaban bacanales.

-“Pequeño Larrouse Ilustrado.” – agregó Julián como reprochándole su falta de lectura-

“O Espasa y Calpe -le retrucó ella un poco ofendida- pero la explicación no me aclara tu delirio.”

“De eso no me cabe la menor duda, -contestó Julián- entre otras cosas porque la explicación fue de Carlos y no mía.”

“Así como la palabra geometría en tiempos de los griegos significó una cosa distinta a lo que hoy, pero sin perder su esencia. Así, repito, la palabra Ménade tiene, en nuestro tiempo un significado muy específico que no responde estrictamente a su origen primitivo aunque sí le debe algo.”

“Bien dijo Carlos que las Ménades fueron las nodrizas de Dionisios. También se denominó así a sus sacerdotizas. Ménades o Bacantes. Ellas eran mujeres que adoraban a un dios muy particular de una manera muy particular; las bacanales donde ellas desplegaban toda su locura divina llamada ‘entusiasmo’ eran verdaderas orgías donde no existía ni la inhibición ni los prejuicios”.

“Todo en ellas era instinto puro y voluptuosidad. Ahora bien, de acuerdo a esta descripción podemos denominar Ménade a aquella mujer que hace de toda relación con los hombres un problema de seducción, que maneja sus recursos como un arma y que, lejos de guardarlos en un cajón de su cómoda, los despliega recreando un clima de voluptusidad. Estado que ella no sólo maneja, más bien domina.”

“En conclusión -dijo Carola con tono bélico- podemos decir que vos opinás que mi hermana es una atorranta”.

“La palabra atorranta, -continuó Julián sin inmutarse- que por lo que infiero de tus palabras, considerás sinonimo de Ménade, está cargado de connotaciones peyorativas, de ninguna manera es equivalente al mío que es absolutamente descriptivo. La antítesis del término atorranta es otro concepto peyorativo; ‘Beata‘, que yo nunca utilizaría para conceptualizar lo que está enfrentado a las Ménades“.

“En cambio utilizás”– dije yo-…

“El de ‘Vestal -siguió Julián encadenando mis intervenciones como quien utiliza a un actor secundario en el teatro, para llevar a buen puerto el monólogo principal- que es mucho más adecuado. Tomados en abstracto ambos términos significan dos actitudes femeninas bien determinadas, pero si los aplicamos vemos que toda mujer tiene en su interior a una Ménade y a una Vestal en pugna.”

“El instinto y la cultura…”

-“Si querés ponerlo en términos de filosofía alemana, Carlos, puede ser. La mujer Ménade es aquella en la cual su instinto ha sometido a sus propias pautas culturales. La Vestal, en cambio, es la que considera a sus normas de comportamiento adquiridas por sobre sus inclinaciones naturales. Todo esto es eminentemente descriptivo, y desde ya carente de todo juicio de valor.”

Como se llega a una discusión de este tipo es algo que sólo se puede explicar conociéndolo a Julián. Carola estaba absorta, entre admirada y espantada, pero sin dudas, absolutamente seducida por este personaje.

Yo estaba fascinado, peor todo este juego de luces sería interrumpido por la entrada de la cuarta en disputa:

Luisa.

Debería aquí hacer un breve paréntesis disgresivo para realizar una descripción del nuevo personaje. Como nunca he podido evadirme de mis deberes, allí va:
Entró en la habitación desde el cuarto. Pero no entró del todo; se apoyó en el pórtico que separaba el living del pasillo, nos miró, se sonrió y nos dijo: “Bien, aquí estoy”.

Dios, necesito ayuda para describir lo indescriptible, musas de la belleza necesito una nueva dotación de adjetivos para pintar de manera adecuada el apoteosis, para que la gente comprenda porque en aquel momento (así como ahora al recordarlo) me faltó el aliento.

“Afuera hace frío”– atiné a decir.

Y no era para menos. Lo primero que había asomado ante mis ojos fueron sus hombros desnudos. A decir verdad, todo su tronco estaba desnudo si obviamos (!!!) una especie de top que la cubría precaria pero suficientemente (más tarde averigüé que se trataba de un pañuelo de seda), unos jeans muy ajustados, un cinturón anchísimo y un par de botas tejanas completaban su uniforme.

“Ya sé”– contestó a mi cuerpo abandonado por mi alma-“llevo mi tapado”– y señaló un perchero tipo vienés que estaba en la entrada y sostenía un sobretodo negro muy bonito, inclusive para mí-.

“Qué lástima”-le contesté con cara de baboso.

Bien, mejor reaccionemos y volvamos a la descripción de Lois, como a ella le gustaba que la llamaran. Ella era ese tipo de mujer que (como ya se habán dado cuenta), impacta de entrada; y que (como todavía no saben) después sigue impactando.
Sus ojos negros, oscurísimos como su tez y su pelo, este último bastante
largo; y su figura absolutamente incriticable, a no ser que se quiera correr el riesgo de que lo tomen por malintencionado, ciego o enamorado, que en el caso de tratarse de alguien que reproche el físico de Luisa viene a ser lo mismo.
Esta trilogía formaba un armonía lírica ideal, la cual se completaba con una sonrisa y una mirada perfectamente estudiadas.


***

De resultas que surgió una segunda pelirroja en nuestra historia. Una segunda peligrosa.

Ella no se reconocía como tal (probablemente era una estrategia para lograr que el prójimo la subestimara y entonces garantizarse la victoria). Pero era pelirroja (peligrosa) a no dudarlo.

Creo que fue Mark Twain quien dijo que cuando las peligrosas son de cierta alcurnia, tienen el pelo castaño claro. Ella lo tenía, en todo caso, castaño oscuro; pero era pelirroja sin posibilidad de redención.

Era algo así como el pelo de la Ava Gardner de Vargas (quien me diga que Ava Gardner tiene el pelo castaño oscuro no vio la acuarela de Vargas). Era un Tiziano perfecto. Un colorado tan lindo cayendo en bucles como marco para unos hojitos celestes tan claros que parecían dos bolitas de cristal transparentes.

Y para completar el cuadro de seducción, para hacerlo totalmente irresistible; era inteligente, era inocente y era buena.

Porque hasta las pelirrojas pueden ser buenas aunque no dejen por eso de ser peligrosas…