Nosotros queremos ahorrar todos los días,
y todos los días necesitamos más”
“Aquel papel en vez de oro y perlas,
es tan cómodo, uno sabe lo que tiene”.
“Imprimamos entonces toda la noche
diez, treinta, cincuenta, cien, están listos.
No se imaginan qué bien le hizo al pueblo”.
Wolfgang Goethe, Fausto II

Me gusta jugarla de ortodoxo, entre otras cosas, porque la vida me ha demostrado que -la mayoría de la veces- los ortodoxos tienen razón.

La ortodoxia puede no ser siempre la verdad, pero siempre es la que tiene los mejores argumentos. Y esto es así, porque es la posición que ha tendido más tiempo para construir su estrategia de defensa.

En cuanto a la inflación, la ortodoxia es muy clara; siempre y en todo lugar que exista un fenómeno inflacionario, se verifica un proceso de expansión monetaria, se emite dinero de más.

Es interesante notar que no existe doble implicancia, esto es, puede darse la emisión monetaria sin la presencia de inflación.

Este hecho hace que mucha gente se niegue a aceptar la primera premisa, asignándole la causa de la inflación a la especulación de comerciantes voraces en su afán de lucro.

Mirar las consecuencias como causas de inflación y ha tenido gran aceptación como argumento en casi todos los gobiernos de la historia desde los romanos hasta Chavez, pasando por Napoleón, Luis XIV, Mussolini y Carter.

Este argumento tiene un grano de verdad que debe ser tenido en cuenta a la hora de analizar la inflación como fenómeno financiero sobre el cual tomaremos decisiones que van a afectar nuestra riqueza.

Los empresarios y comerciantes fijan el precio más alto que puedan, esto es el que les permite obtener el mayor ingreso. Si aumentan su precio por encima de este valor, su ingreso se va a ver afectado porque van a facturar menos.

Entendiendo este comportamiento (muy humano por cierto), ahora podemos investigar que pasa por el cerebro de quien debe fijar un precio cuando por algún motivo su demanda aumenta.

El panadero ve que vende más pan y no sabe, porque no tiene todos los datos de la economía si esto se debe a que hay un aumento genuino de riqueza producido por un mayor crecimiento económico o si este incremento se debe que el gobierno está emitiendo dinero para pagar sus cuentas.

Si fuera lo primero, la mejor estrategia sería agrandar la panaderia para producir más pan; si se trata de lo segundo, lo conveniente es aumentar los precios.

Es una desición difícil porque si invierte; y la causa es la emisión, la mayor producción no será colocada en el mercado y su inversión no será rentable. Y si aumentara los precios; y lo correcto era invertir, perderá mercado frente a la competencia y su facturación se verá resentida.

En países con poca experiencia inflacionaria los agentes tienden a creer que los aumentos de demanda son genuinos y a expandirse cuando verifican un aumento en sus ventas. En países con una larga historia inflacionaria los operadores tienden a aumentar sus precios.

El problema es que Argentina tiene varios records mundiales en materia de inflación y en gobiernos poco creíbles y puestos a elegir, los comerciantes no dudan. Y, claro, rara vez se equivocan.

Además una vez que se encuentran avalados por la experiencia incorporan la práctica a su operación normal: la inflación se hace inercial.

Mi diagnóstico es que la inflación en la Argentina vino para quedarse y que va a ser mayor más que menor.

El consejo que puedo darles es que incorporen está realidad y se adapten a ella. Los que hemos vivido como asalariados la década del ochenta sabemos que debemos hacer en estos casos; pelear un ajuste de sueldo sistemático, prestarle mucha atención al movimiento de los precios y tratar de tener la menor cantidad de pesos posible.

Atesorar en monedas “de verdad” es un mecanismos aconsejable; un poco en dólares, un poco en euros.

Si usted cree que el gobierno está haciendo las cosas bien, mi consejo es el inverso; ahorre en pesos todo lo que pueda y relájese que Moreno y Moyano cuidan de su bienestar…