Milán Kundera en “La Insoportable Levedad del Ser” dedicaba una parte de cada capítulo a un diccionario de palabras incomprendidas. Palabras con significado diferente para cada personaje.

 Yo siento que la palabra “Federal” es una de esas palabras donde la carga afectiva es tan poderosa que su sentido se diluye en la incomprensión.

 Sin ir muy lejos, para el país con la Constitución Federal vigente más vieja del mundo el significado es exactamente el contrario del que damos en nuestro país. En Estados Unidos, “los federalistas” eran, con Alexander Hamilton y John Adams a la cabeza, los partidarios de un mayor poder central, de un fuerte gobierno federal sostenido por una constitución que le otorgaba muchos de los derechos que antes detentaban las 13 colonias.

Los federalistas fueron los centralistas.

A ellos se opusieron “los antifederalistas” liderados por Jefferson y Madison que resistieron la Constitución Federal y bregaban por poner límites a este poder central.

Los antifederalistas impusieron la “carta de derechos” que son las 10 primeras enmiendas a la Constitución Federal en donde se explícita una serie de derechos no delegados.

La Argentina tuvo distinto origen que Estados Unidos. No estaba formada por un número de colonias que se autogobernaba sino que era un virreinato propiedad del rey de España.

Votamos una Constitución Federal luego de años de guerra civil, anarquía y persecuciones. Organizamos un país en torno a un marco jurídico pero no lo cumplimos nunca demasiado.

En 1883, Sarmiento publica su libro “Conflictos y armonías de las razas en Latinoamérica” y en su dedicatoria a Horace Mann escribe:

“La persistencia con que reaparecen los males que creímos conjurados al adoptar la Constitución Federal y la generalidad y semejanza de los hechos que ocurren en toda Latinoamérica, me hizo sospechar que la raíz del mal estaba a mayor profundidad que lo que los accidentes exteriores del suelo dejaban creer”.

Y un poco más adelante comenta:

“Hemos educado 4000 doctores en leyes desde 1853 en que se reorganizaron las universidades. En 1845 tenían ustedes estudiando en “Law schools”, menos de quinientos alumnos y, sin embargo, en las cámaras y los congresos, en los consejos y ministerios cada vez ignorase más el derecho. Legisladores y Ejecutivos violan a más y mejor los preceptos que eran sacramentales hace 30 años”.

El Sistema Federal es un muy buen sistema. Es un sistema que reconoce las diferencias culturales ideológicas  y sociales de las distintas regiones. Todo el mundo sabe lo distinto que son un Alemán de Baviera y un Berlinés. Un Farmer de Alabama, un comerciante de Miami o un emprendedor de San Francisco. El Sistema Federal propone una división de poderes geográfica que complete la división de poderes de la republica y que respete estas diferencias.

Pero requiere para funcionar de dos requisitos fundamentales: el cumplimiento de la ley y la aceptación de parte del poder central de estas diferencias.

En Argentina, el cumplimento de la ley siempre ha sido un tema espinoso. En parte porque tenemos demasiadas leyes que se contradicen entre sí, en parte porque el poder siempre ha sido un mecanismo utilizado para estar más allá de la ley.

Reproducido por el Martín Fierro, en nuestro país se ha cumplido fielmente la sentencia de Plutarco: “la justicia siempre ha sido una telaraña que atrapa a los pequeños y que deja escapar a los grandes”.

Lo peor es que cuando nos encontramos en una crisis provocada por nuestro propio comportamiento irresponsable,  tratamos de salir con leyes todavía más duras sin darnos cuenta que si no pudimos cumplir aquellas más blandas, cuál podría ser el motivo que nos llevaría a cumplir las más persecutorias.

El cumplimiento de la ley es fundamental para que un país crezca. Esto es así, sobre todo por el resto del mundo. Nosotros podemos entender y vivir en nuestro caos pampeano, nacimos y nos criamos en él. Pero no deberíamos pretender que los demás lo entiendan. Nos debemos un orden posible o sino vamos a tener que aceptar nuestro fracaso.

En 1853 nos dimos un sistema federal e intervenimos 170 veces las provincias ¡¡Más de una intervención por año!!

Finalmente, las leyes que hacemos para reconocer y proteger las diferencias siempre tienen una cláusula que habilita la persecusión.

Fue el comportamiento irresponsable de los gobernantes el que obligó a establecer una ley de convertibilidad en la que el gobierno renuncia a su política monetaria. Pero como no renunció a ser irresponsable esto devino en una crisis que obligó a derogar todos los artículos que ataban al gobierno menos el que daba una defensa a la gente en contra de la inflación.

Hoy ya no tenemos convertibilidad, los gobiernos pueden emitir y crear inflación de manera irrestricta. Pero la gente no puede indexar contratos, eso está prohibido.

Cuando los gobiernos son tan obvios en crear leyes que van en contra de la gente, la gente tiende a no cumplir la ley. Si esto se da durante un importante número de años, lo que sucede es que tenemos un país donde resulta muy difícil saber qué ley es buena y qué ley es mala.

Para terminar quiero compartirles un párrafo de un ensayo de Borges de 1946:

“El mundo para el europeo, es un cosmos, en el que cada cual íntimamente corresponde a la función que ejerce; para el argentino es un caos. El europeo y el americano del norte juzgan que ha de ser bueno un libro que ha merecido un premio cualquiera; el argentino admite la posibilidad de que no sea malo, a pesar del premio. En general, el argentino descree de las circunstancias. Puede ignorar la fábula de que la humanidad siempre incluye 36 hombres justos (los Lamed Wunfniks) que no se conocen entre ellos pero que secretamente sostienen el universo; si la oye, no le extrañará que esos beneméritos sean oscuros y anónimos…

 Su héroe popular es el hombre sólo que pelea con la partida, ya en acto (Fierro, Moreira, Hormiga Negra), ya en potencia o en el pasado (Segundo Sombra). Otras literaturas no registran hechos análogos. Consideremos, por ejemplo, dos grandes escritores europeos: Kipling y Franz Kafka. Nada a primera vista hay entre los dos de común, pero el tema de uno es la vindicación del orden, de un orden (la carreta Kim, el puente en The bridge-builders, la murala romana en Puck of pook’s hill); el del otro, la insoportable y trágica soledad de quien carece de un lugar, siquiera humildísimo, en el orden del universo.

 Se dirá que los rasgos que he señalado son meramente negativos o anárquicos; se dirá que no son capaces de una explicación política. Me atrevo a sugerir lo contrario. El más urgente de los problemas de nuestra época (ya denunciado con profética lucidez por el casi olvidado Spencer) es la gradual intromisión del Estado en los actos del individuo; en la lucha con ese mal, cuyos nombres son comunismo y nazismo, el individualismo argentino, acaso inútil o perjudicial hasta ahora, encontraría justificación y deberes.

 Sin esperanza y con nostalgia, pienso en la abstracta posibilidad de un partido que tuviera alguna afinidad con los argentinos; un partido que prometiera (digamos) un severo mínimo de gobierno.

 El nacionalismo quiere embelesarnos con la visión de un estado infinitamente molesto; esa utopía, una vez lograda en la tierra, tendría la virtud providencial de hacer que todos anhelaran, y finalmente construyeran, su antitesis.”

Creo que ha llegado el momento de dejar que los argentinos construyan su cosmos, su orden posible. Para esto no se necesitan leyes, más leyes que nos ordenen. Solamente tenemos que ser optimistas y confiar en que nuestro prójimo tiene la capacidad de encontrar su lugar con tanta eficiencia como nosotros.

El camino será entonces el de la confianza más que el del control. Y el rol del estado y de las leyes será el de facilitar. Ayudando a que la gente tenga igualdad de oportunidades, con educación, para que sean más productivos, con debate para que puedan aparecer las mejores ideas. Apoyando a los emprendedores que son quienes crean empresas y empleo. Con libertad de prensa para que podamos aprender de los errores.

Entonces tendremos un orden real. El orden de una sociedad abierta. Una sociedad que acepta el riesgo de construirse a sí misma. Entendiendo que el diferente no es un peligro para nuestra felicidad y que la libertad es, al final del día, la gran herramienta para construir un país.