Hace unos días leí un artículo en The Economist acerca los costos y los beneficios del anonimato en internet.

Un sujeto anónimo tiene a su favor la impunidad que le otorga el estar moviéndose en la oscuridad. Puede decir lo que le venga en gana, insultar y agredir y quedar impune por su falta de conducta.

La red ha llamado trolls, un derivado de trolling (pescar incautos), a quienes realizan estas prácticas disruptivas. El acoso de un troll es una experiencia bastante desagradable, quien lo haya vivenciado entenderá por qué mucha gente piensa que es algo parecido a un asalto físico y reclama tomar medidas para que se evite.

El artículo ahonda en que la forma de evitar al troll es obligando a que se revele la identidad tal como Facebook lo hace. Luego reflexiona sobre los peligros que esto podría acarrear para la gente que se encuentra en situación de perseguido político en donde el anonimato es un requisito de supervivencia.

Efectivamente, si sólo podemos exponer nuestras ideas revelando nuestra identidad el individuo se expone a la sanción no solo de la sociedad (lo cual podría ser atendible aunque también discutible) sino también se hace vulnerable a la persecusión, ya que le estaría brindando a los comisarios políticos de turno de toda la información que necesitan para reprimir  la libertad de expresión.

Confieso que antes de leer el artículo, intuitivamente, tendía a ser más un partidario de obligar a proveer la identidad que a permitir el anonimato.  En definitiva, el pensamiento se encuentra unívocamente relacionado con la persona. Pero después de leerlo y reflexionar al respecto me he vuelto un ferviente defensor del anonimato en las redes sociales.

Un disidente cubano o un rebelde libio serían presa fácil del aparato represivo del gobierno y  la red se podría transformar en la herramienta totalitaria más poderosa jamás inventada.

Es cierto que los trolls son molestos. Yo mismo soy una víctima regular de estos agresores virtuales en serie que trabajan como un psicópata sobre nuestra cabeza. Pero las molestias que estos parásitos me causan no son nada comparable al peligro que se corre cuando uno se enfrenta al aparato estatal.

La realidad es que hay trolls y trolls. Los hay buenos y los hay malos. Y el mecanismo para diferenciarlos no pasa por la regulación de la red ni por un formato supuestamente “transparente”. Pasa por una herramienta desarrollada por la sociedad desde hace mucho tiempo y que, aún hoy, es una gran herramienta para derrotar a la mentira: la reputación.

Voy a dar un ejemplo intentando ser gráfico. En Twitter uno abre una cuenta anónima y empieza a interactuar en la red. El objetivo de ello es influenciar lo más posible dentro de un entorno en el que todos los operadores interactúan.

Un troll típico simplemente buscará intimidar a sus víctimas agrediéndolas y difamándolas. Rápidamente será bloqueado y su reputación en la red se verá dañada. Estará obligado, en consecuencia, a cerrar su cuenta.

Es cierto que podrá abrir otra cuenta y continuar impune con su accionar, pero su influencia siempre será limitada; es desconocido y tendrá pocos seguidores.

Yo cada tanto recibo una andanada de menciones agresivas que entre todas no suman 20 seguidores, si la cuenta fue abierta hace menos de 72 horas, es pertinente pensar que esos 20 avatares son la misma persona y que estamos en presencia de un troll, un insecto molesto y poco dañino.

Existen otros personajes anónimos que buscan ganar adeptos siguiendo las reglas del ambiente y construirse una reputación creíble. Son anónimos por distintos motivos pero defienden su avatar como a su persona ya que lo desarrollan en el tiempo y buscan ganar lectores. Son como un escritor que usa un pseudónimo.

Tengo varios ejemplos de estos avatares anónimos y con sustancia. Los hay muy exitosos y con mucha influencia.

La regulación de la comunidad no es perfecta, depende dramáticamente de la responsabilidad de la sociedad en que se encuentra inserta. Una sociedad con un tejido fuerte, sancionará duramente los comportamientos no aceptables y será permisiva cuando no se sienta agredida.

También hay sociedades golpeadas, de sobrevivientes, donde la sanción social es debil y la agresión de los oportunistas fuerte. Estas sociedades sufren los porgroms virtuales, articulados o permitidos desde el poder estatal, con mucha violencia.

En este tipo de sociedades ahondar en regulaciones no resuelve su problema sino que lo empeora profundizando la anomia social y repontenciando la prepotencia estatal.

Creo, como decía Bartolomé Mitre, que “los males que la libertad provoca, ella misma los cura” y una de las cosas extraordinarias que tienen las sociedades abiertas es su capacidad de corregir sus errores sin la necesidad de un estado vigilante.

No nos preocupemos tanto por regular el funcionamiento de la red pensando en nuestra seguridad personal,  la libertad misma siempre será nuestro mejor reaseguro y la responsabilidad social es la garantía de funcionamiento.