Hoy a la mañana, charlando con el bueno de A. J. López (http://ajlopez.zoomblog.com/) no se como surgió el tema del suicidio y de H. L. Mencken. Me comprometí con Ángel a transcribirle el artículo que, creo no está en castellano en internet y cuyo libro data de 1971. La traducción es de Eduardo Goligorsky (Ediciones Granica) y si lo quieren en inglés, está publicado en “A Mencken Chrestomathy” (Vintage Books).
Les paso también un muy interesante artículo sobre él escrito por Murray N. Rothbard http://www.lewrockwell.com/rothbard/rothbard19.html.

Finalmente, lo que Borges dijo de Mencken:

“Suelo preguntar y preguntarme: ¿Sería concebible en este país un H. L. Mencken, un aclamado especialista en el arte de calumniar y de vituperar al país? Me parece que no. El patriotismo, el seudopatriotismo argentino es una pobre cosa que está a merced de un epigrama casual, de un puntapié montevideano o del puño izquierdo de Demsey. Una sonrisa, un inocente olvido nos duelen. La popularidad de Mencken es obra de su denigración pertinaz de Estados Unidos; un Mencken argentino -con éxito- es inimaginable”.

Bajos Los Olmos (1927)

H. L. Mencken
A comienzos de 1927 hubo varios suicidios en los campus universitarios, y los diarios les dieron un énfasis melodramático, procurando demostrar que se trataba de una epidemia. Varios pedagogos alarmados apoyaron la campaña, y uno de ellos, el doctor John Martin Thomas, presidente de Rutgers, declaró al Times de Trenton, Nueva Jersey, que la causa era un “exceso de Mencken”. El Times me preguntó qué opinaba al respecto, y le envié la nota que sigue: “Thomas, pastor presbiteriano metido a pedagogo, fue presidente de Rutgers desde 1925 hasta 1930. Renunció para dedicarse al negocio de los seguros”

No veo nada misterioso en estos suicidios. El impulso de autodestrucción acompaña por naturaleza al proceso educacional. Todo estudiante avispado decide amargamente, en uno u otro momento de su carrera universitaria, que sería más sensato morir que continuar viviendo. Yo me eximí de las humillaciones intelectuales de la educación universitaria, pero en los últimos años de mi adolecencia, cuando empecé a vislumbrar gradualmente la verdad, resolví en más de una oportunidad que la muerte era preferible a la vida. A esa edad el sentido del humor está en baja. Más tarde, merced a los misteriosos designios de la providencia divina, se recupera.

¿Qué es lo que mantiene vivo a un hombre meditabundo y escéptico? Sospecho que en buena parte es el sentido del humor. Pero a esto suma la curiosidad. La existencia del hombre es siempre irracional y a menudo dolorosa, pero en última instancia sigue siendo interesante. Uno quiere saber qué es lo que ocurrirá el día siguiente ¿La dama del vestido malva será más gentil que hoy? Estos interrogantes mantienen con vida a los seres humanos. Si se conociera el futuro, todo hombre inteligente se mataría al instante, y la república estaría poblada exclusivamente por cretinos. Quizá ahora estamos marchando realmente hacia ese desenlace.

Espero que nadie se sienta inquieto y alarmado por el hecho de que diversos obispos, presidentes de universidades, conferencistas rotarianos y otros idiotas profesionales de la misma índole, ocupan las páginas de los diarios con pomposas discusiones sobre la presunta ola de suicidios estudiantiles. Debemos recordar que estos hombres casi nunca trabajan con realidades. Todas sus vidas están consagradas a inventar ‘espantajos’ contra los que luego se baten. Después de un tiempo ellos, al igual que los directores de diarios, se cansarán de esta farsa y se echarán a fociferar contra otros fantasmas. Mientras tanto, el mundo seguirá su marcha insegura. Sus ideas jamás se deben tomar en serio. Su única función visible sobre la tierra es la de actuar como ejemplos vivientes de que la cultura no es, en modo alguno, sinónimo de inteligencia.

A lo que me gustaría asistir, si semejante cosa se pudiese organizar, sería a una ola de suicidios entre los presidentes de universidades. Yo suministraría con mucho gusto las pistolas, cuchillos, cuerdas, venenos y otras herramientas necesarias. Más aún, me encantaría cargar las pistolas, afilar los cuchillos y anudar los lazos corredizos. El estudiante universitario que se arroja sin que nadie lo instigue en los brazos de Dios sólo se gratifica a sí mismo. Pero si un presidente de universidad hiciera otro tanto, su acto se convertiría en motivo de vehemente e indeleble regocijo para grandes multitudes de personas. Lanzo la idea y la hago correr…