La humanidad como ente colectivo nunca ha sido honesta. Al menos desde que empieza a guardar memoria a través de la escritura. La verdad siempre ha resultado un subproducto derivado, en el mejor de los casos de la utilidad, en el peor de la necesidad. Los códigos desde Hamurabi hasta Napoleón han sido mecanismos de dominación flexibles al poder y eficientes para el adiestramiento de las masas. Nadie está dispuesto a sostener que la fuente de la legitimidad es el poder ejercido durante el tiempo suficiente de modo de hacerse costumbre. Son necesarios artificios filosóficos tales como pertenecer a los pueblos originarios (Aupatridas, Patricios), poseer distinta naturaleza (los despotismos orientales como los Egipcios y los Persas), que el poder emane de dios (Monarquías absolutas) o de la voluntad popular (Despotismos populistas y democracias). Nada de esto es verdad, si fuera así se impondrían naturalmente pero no, las excepciones son más numerosas que la regla. Y los distintos regímenes van y vienen envueltos en el caos. Pareto llamaba a estos artificios, Residuos; es decir, prejuicios sociales que permiten que la sociedad se mantenga compacta. Cada uno de estos residuos es sustituido generación a generación por otros mitos ya que las mentiras van perdiendo lustre pero nunca es sustituida por la verdad. Es por eso que, generalmente, los defensores de los mitos que se están yendo son personas mayores y quienes luchan por los mitos nuevos son los jóvenes. Ambrose Bierse lo ponía en estos términos: “Conservador es la persona enamorada de los males actuales en contraposición al liberal que quiere sustituirlos por otros males”. Por eso los viejos siempre parecen que están recitando un montón de platitudes sin sentido y que la historia los dejó detrás. Los viejos de ayer, de hoy y de siempre. La humanidad se miente y se traga sus mentiras a veces hasta con gusto. Al fin y al cabo, si la mentira te va a dar de comer mejor que la verdad, la verdad no resulta demasiado valiosa. Una digresión importante que es necesario hacer, se refiere a la irónica exaltación de la verdad que realiza la humanidad tan sólo para sepultarla. La verdad es tan poderosa que puede resistir cualquier debate, de allí su propia definición. Si requiere de armas, castigos y cárceles para sostenerla, ya no es más verdad. Sin embargo la humanidad se la pasa matando en nombre de la verdad y defendiendo sus propias mentiras agonizantes. No me interesa profundizar en estos mecanismos mediante los cuales la humanidad evoluciona, aunque no deja de ser interesante como se puede mejorar de mentira en mentira. Me interesa hablar de lo que me parece que han sido los pocos momentos honestos de la humanidad, y resaltar el porque se produjeron...